Kioto: caminar por mil años de historia
La ciudad entera de Kioto parecía un inmenso museo al aire libre. A cada paso, las huellas del tiempo acumuladas a lo largo de los siglos me salían al encuentro. Cuando uno necesita reflexionar a solas, o busca un camino donde el simple hecho de caminar en silencio reconforte el alma, Kioto es el destino ideal. Estas son las notas de unos días en los que dejé a un lado las preocupaciones y me entregué al ritmo pausado de la milenaria capital.
La sobrecogedora presencia de un colosal templo de madera
No muy lejos de la estación de Kioto, mientras caminaba por la calle, la imponente techumbre de un colosal edificio de madera captó por completo mi atención, imposible de ignorar. Se trataba del templo Higashi Hongan-ji. Atraído por su majestuoso exterior, decidí entrar y descubrí con sorpresa que el acceso era gratuito. Al descalzarme y pisar el frío pasillo de madera, el leve crujido bajo mis pies me transmitió al instante el peso de más de 400 años de historia.
Fue muy agradable sentir bajo los pies descalzos la firmeza de la madera. El silencioso interior desprendía un sutil aroma a incienso, y la inmensa estancia cubierta de tatamis invitaba por sí sola a la meditación. Este lugar es la sede principal de la escuela budista Jodo Shinshu y fue construido gracias a la devoción de innumerables fieles. Más allá de la ornamentación, se podía percibir la auténtica belleza de un espacio impregnado de la fe de la gente común.


Un paisaje irreal en el jardín del emperador
El Palacio Imperial de Kioto (Kyoto Gosho), antigua residencia de los emperadores, me recibió con una estampa sobria y distinguida. Sede del poder en Japón hasta el traslado de la capital a Tokio durante la Restauración Meiji, el recinto destacaba por una estética contenida antes que por la ostentación. La majestuosa silueta del Shishinden, que se alzaba tras una amplísima explanada de grava, permitía intuir la trascendencia de las decisiones políticas que antaño se tomaron entre sus muros.



Sin embargo, la verdadera fascinación llegó al contemplar el jardín trasero. El paisaje que se abría ante mí era de una belleza tan perfecta que costaba distinguir si era real o una recreación digital. Árboles centenarios, rocas cubiertas de musgo y un puente de piedra arqueado sobre un estanque de aguas tranquilas componían una estampa idílica. Me quedé inmóvil durante un buen rato, extasiado ante aquella armonía casi irreal.

Al salir del palacio, tras una larga caminata, empezó a apretar el hambre. Entré en un pequeño restaurante local que parecía regentado por una vecina del barrio y pedí un filete de carne con una cerveza. El sonido de la carne chisporroteando al servirse y el primer sorbo fresco de la cerveza espumosa fueron el broche de oro perfecto para una jornada de caminata intensa.

Kinkaku-ji, el pabellón que brilla en oro
Atraído por la idea de ver un templo dorado, me dirigí al Kinkaku-ji. La entrada que me entregaron al llegar parecía un talismán de papel, un detalle muy singular. Quise conservarla como recuerdo, pero ahora no logro encontrar dónde la guardé. Tras recorrer un breve sendero entre los árboles, apareció de repente, como por arte de magia, el pabellón dorado al otro lado del estanque. Literalmente resplandecía.

Construido originalmente como villa de descanso para el shogun Ashikaga Yoshimitsu, este pabellón de oro ha sobrevivido a varios incendios y reconstrucciones hasta lucir su aspecto actual. A pesar de que el día estaba nublado, la estructura recubierta de pan de oro puro parecía emitir su propia luz, iluminando todo el entorno. Ante tal muestra de suntuosidad, nacida del deseo de un shogun por exhibir su poder y riqueza terrenal, solo cabía contemplarla con asombro.

Sabores tradicionales de barrio y una tarde bajo la lluvia de pétalos
Al día siguiente decidí caminar sin rumbo por los callejones de Kioto. Me llamó la atención un local modesto y acogedor, y decidí entrar. Era una pequeña taberna de udon frecuentada por la gente del barrio. Antes de que trajeran los fideos, probé el inarizushi y los rollos de kimbap. Poco después llegó el cuenco de udon humeante. Aunque era un plato sencillo, la profundidad de su caldo superaba con creces los que había probado antes en Corea. Se notaba el verdadero oficio detrás de una receta común.


Con las energías renovadas, continué el paseo hasta que divisé una pagoda de madera de cinco pisos que se elevaba hacia el cielo. Era el templo To-ji. Al adentrarme en el recinto, me recibió una espectacular floración de cerezos. Con cada ráfaga de viento, los pétalos caían creando una hermosa lluvia rosa. Ver el suelo cubierto por aquel manto me hizo sentir que me encontraba en el momento cumbre de la primavera.


Para cenar elegí un restaurante de yakiniku. En este viaje he comido bastante carne de vacuno, disfrutando enormemente de la excelente calidad del producto local. Ver la destreza del cocinero cortando la carne frente a mí y esperar a que se asara en la parrilla fue el bálsamo perfecto para aliviar el cansancio del día.



Mi estancia en Kioto ha sido sumamente gratificante. Sus numerosos monumentos históricos me recordaron a la ciudad coreana de Gyeongju, y la comida resultó exquisita en cada lugar que visité. Para quien disfruta de caminar y reflexionar en solitario, Kioto es, sin duda, un destino inmejorable. Con cierta nostalgia, me despido para poner rumbo a mi próximo destino: Hiroshima.